PALABRAS QUE NOS CONSTRUYEN,
PALABRAS QUE NOS DESTRUYEN
Por JOSÉ BALDEÓN
Psicoterapeuta Familiar & Pareja
Si lo seres humanos fuéramos conscientes del gran poder que tienen nuestras palabras, aprenderíamos a tener cuidado de todo lo que hablamos. Salomón decía “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” (Proverbios 18:21). Eso revela la potencia que tienen nuestras palabras para dar muerte o dar vida, para destruir o para construir, para hacer bien o para hacer mal a sí mismo y/o a los demás. Lacan reivindicaba el lenguaje como creador de realidades, porque las palabras tienen ese poder de crear circunstancias; porque, desde que yo afirmo una cosa, independientemente si es cierta o no, dicha afirmación tiende a reproducirse en mi realidad. Si hablo que “soy torpe”, aunque sea muy capaz, reproduciré conductas de torpeza. Pero, por el contrario, aun cuando tenga mis limitaciones, si uso un lenguaje que afirma mis posibilidades puedo cambiar mi realidad.
En la biblia el profeta Joel exhorta a los creyentes en adversidad: “… diga el débil, fuerte soy” (3:10). Todos enfrentamos momentos difíciles y, aunque, no podemos cambiar las circunstancias, sí podemos cambiar nuestro lenguaje frente a ella. Nos podemos sentir débiles en salud, en economía, en ánimo, etc, pero sin negar la realidad de esas debilidades, puedo cambia mi lenguaje y decir “fuerte soy”. No debo esperar que las circunstancias cambien, para recién poder cambiar mi lenguaje; primero debo cambiar mis palabras, para que mi situación cambie. Muchas veces vivimos situaciones adversas, las cuales no somos capaces de remontar, porque finalmente no sabemos cambiar nuestro lenguaje; y si permanecemos en la queja y el pesimismo, nos hundimos más; pero, si entramos en el lenguaje de la gratitud y el optimismo empujamos a que nuestras circunstancias cambien.
Luis Castellanos, filósofo español, decía: “Si cuidas las palabras, el lenguaje cuidará de ti”. Muchas veces no tengo control sobre mis circunstancias, pero siempre puedo tener el control sobre mis palabras y cuidar de todo lo que hablo. Ellas me ayudan a reconstruir mi historias, por más adversa que éstas sean. No puedo cambiar la historia vivida, pero sí puedo cambiar el relato que asumo frente a ella; porque no sufrimos exactamente por la adversidad experimentada, sino por la historia que nos relatamos frente a dicha experiencia. Los hechos no los puedo cambiar, pero mi relato sí. García Márquez decía que “La vida, no es la vida que vivimos sino la vida que recordamos” o la vida que nos relatamos. No soy lo que he vivido o estoy viviendo, soy lo que me cuento con respecto a lo que he vivido o estoy viviendo. Construyo mi vida o la destruyo, palabra a palabra, relato a relato.
“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» decía el filósofo Wittgenstein; porque si mi lenguaje enfatiza que soy pobre y que todo me sale mal, entonces creo la realidad de ser más pobre y que nada me salga bien. Habitamos en nuestras palabras. Construyo mi mundo no necesariamente sobre los hechos que vivo, sino sobre los relatos que asumo frente a ellos. Mi vida se va edificando sobre las palabras que emergen de mis labios. Si son palabras cargadas de negativismo, mi vida terminará en ruinas, pero si son positivas será un hermoso edificio. Es mi lenguaje el que me llevará a habitar en medio de los escombros de la frustración o vivir en el palacio de la realización. Mi lenguaje es la alquimia que puede trasformar el fango de mi sufrimiento en el oro de mi crecimiento. Por ello, no me quede lamentando mis circunstancias, sea capaz de remodelar mi lenguaje, porque ese es el comienzo para que cambie mi entorno. Palabras positivas, optimistas y limpias son siempre las armas más poderosas para empezar un gran cambio en nuestras vidas.
Usamos nuestras palabras para referirnos principalmente a tres ámbitos: a mí mismo, a los demás y a la vida. Me convierto en lo que hablo de mí mismo: si hablo que soy un inútil, me convierto en un inútil; cultivo la calidad de mis relaciones en base a lo que hablo de los demás: si hablo que no son buenos, mis relaciones no serán buenas; y construyo mi destino en base a lo que hablo de la vida: si hablo que ella es fea y dura, la vida se vuelve fea y dura para mí.
La llave para abrir la puerta del progreso y la realización humana está en gobernar tu lenguaje. Tienes que dirigir tus palabras en la dirección que deseas que tu vida se encamine. No puedes hablar de fracasos y esperar alcanzar éxitos. No puedes hablar escasez y esperar abundancia. No puedes hablar de limitaciones personales y esperar logros sociales. Tus palabras tienen ese poder, para bendecir o maldecir tu futuro. “Del fruto de su boca el hombre comerá el bien” dice Salomón (Proverbios 13:2). Por lo tanto, si eres creyente, asegúrate que tus palabras sean lo que Dios dice de ti y no lo que la vida te pueda hacer sentir. Esa es la forma en que puedes enrumbarte hacia la vida de bendición que Dios tiene guardado para ti y los tuyos.
José Baldeón Valdivia
Psicoterapeuta Familiar