LA DESCONEXIÓN EMOCIONAL EN LA PAREJA:

EL CÁNCER CONYUGAL

Por JOSÉ BALDEÓN
Psicoterapeuta Familiar & Pareja

Nadie se casa para ser infeliz, pero no son pocos los que terminan en ese estado. Todos sueñan con un matrimonio dichoso, pero muchos terminan viviendo una pesadilla conyugal. Frente a esa realidad, es interesante poder analizar el proceso de florecimiento y caos por el que atraviesan muchas parejas en su vida conyugal. Todas empiezan tocando el cielo durante el enamoramiento y no son pocas las que terminan hundidas en el infierno de un matrimonio caótico, al estilo la Guerra de los Roses (película, 1989); quienes empezaron llenos de amor y terminaron llenos de odio, al punto que terminaron literalmente matándose. Tal vez muchas parejas no lleguen a ese extremo, pero no están lejos de parecerse; sobre todo, porque se matan psicológicamente.

 

Toda pareja comienza gozando de una excelente salud relacional; pero si no se cuidan, paulatinamente puede enfermar la relación, pudiendo llegar a morir como tal, aunque aún tenga apariencia de vida. Es la muerte psicológica de la pareja, un tipo de “muertos vivientes” a lo que se le denomina “matrimonios zombis: perfectos por fuera, muertos por dentro” (Marshall, 2006). Pero, antes de ello la relación sufre todo un proceso de desintegración que, la podemos explicar usando la metáfora del cáncer, en la cual se atraviesa por diferentes fases que pueden llegar hasta la muerte. Al mismo estilo, un matrimonio se puede ir enfermando por fases; pudiendo llegar a un cáncer terminal de la relación, al punto que ponga al matrimonio al borde de su final.

La oncología señala, en promedio, que hay cuatro fases por las que pasa un enfermo hasta llegar al cáncer terminal. La fase I: indetectable, porque es asintomático. Fase II: localizado, puede ser detectable, aunque con mínimas molestias. Fase III: extensión, porque se amplía a otras zonas del cuerpo, pero de forma limitada; hay síntomas que pueden o no ser reconocidas como cáncer. Fase IV: metástasis, es una invasión descontrolada a todo al cuerpo, con fuerte síntomas y plenamente diagnosticada como cáncer. Dependiendo su avance puede tratarse ya de un cáncer terminal.

Esas son las cuatro fases por las que atraviesa el proceso de un cáncer terminal. Extrapolando esta realidad a la vida de pareja, podemos señalar que también hay cuatro etapas por las que atraviesa una pareja disfuncional que, empieza a enfermar paulatinamente, hasta llegar a una metástasis conflictiva en la relación; la cual anuncia ya el cáncer conyugal en la pareja. Todo empieza sutilmente cuando se abandona la conexión emocional del inicio y empiezan a ser tragados por ese monstruo de la desconexión.

Al inicio de toda relación de pareja existe una gran CONEXIÓN EMOCIONAL que se nutre de una alta VALORACIÓN mutua y muchos RITUALES que se comparten entusiastamente. Es lo que permite que la pareja se sienta más integrada y tolerante uno con el otro. La carga emocional y los bioquímicos del cerebro que, con el tiempo descenderán, por ahora, amortiguan todas las discrepancias y hacen que la relación goce de buena salud. Pero, si se descuidan, lo peligroso está por venir; porque después de una alta conexión emocional, cuyo clímax se alcanza en la luna miel, viene la convivencia matrimonial, donde puede empezar a germinarse un tumor cancerígeno de desconexión que, enferme la relación conyugal. Siguiendo la metáfora del cáncer corporal, con sus cuatro fases, presentaremos el proceso del cáncer conyugal.

La Fase I: las RUTINAS. Todo empieza reemplazando el paraíso de los rituales del noviazgo por la prisión de las rutinas del matrimonio. Poner las responsabilidades por encima de la relación eso es rutina. Craso error que más adelante tendrán que pagar muy caro. Él prioriza su trabajo y la economía, mientras ella puede que los hijos y la casa; así, la relación pasa a un segundo plano. Antes, por cuidar la relación lo dejaban todo, ahora descuidan la relación por atender todas sus responsabilidades. Antes, ella o él eran lo primero y lo priorizaban por encima de todo; pero con el tiempo la rutina dinamita esa prioridad, llevándolos a la autopista del desencuentro matrimonial. Es la fase en que, sin darse cuenta, empieza a manifestarse el síntoma de la apatía. Es el primer paso de la desconexión emocional que, empieza a enfermar la pareja, y lo puede llevar al cáncer conyugal. Pasan de casados a cansados.

“La relación amorosa, sometida de forma sistemática a la conservación, a la rutina y a lo doméstico que toda familia necesita” enferma la conyugalidad “hasta que ya es tarde y, al fin, nos descubrimos casados por interés, angustia, miedo a la soledad, a la vejez” (Manrique, 2009). Si antes los rituales unían a la pareja ahora las rutinas lo dividen. Hay menos conexión y más rutinas. Así es como, en la rutina silenciosa, se empieza a germinar el primer tumor cancerígeno del matrimonio; el cual, al principio, es asintomático y casi nadie se percata de ello. El antídoto en esta fase es volver a los RITUALES de antes y no dejarse atrapar por la rutina de ahora; por más responsabilidades que haya que cumplir, hay que separar tiempo para cultivar la relación: una vez a la semana salir exclusivamente solos y tener otras actividades exclusivas como pareja. Ser eternos enamorados cultivando diversos rituales; de lo contrario, en medio de la rutina aparecerán las diferencias de caracteres y opiniones que pueden llevar a la siguiente fase.

La fase II: las CRÍTICAS. Lo que al principio casi no existían, porque lo emocional nos focalizaba solo en sus virtudes, aunque a veces inventándolas o exagerándolas, ahora las diferencias se pueden volver inmanejables en confrontaciones estériles. Es inevitable que la pareja enfrente conflictos, porque tienen muchas diferencias, pero entramparse en ellos e ingresar en una escalada simétrica de mutuas descalificaciones (Watzlawick, 1991) enferma la relación. Son inevitables las diferencias que generan discrepancias, pero podemos evitar que se conviertan en conflictos. Entramos en ese territorio cuando aparecen las críticas, la toxina que desgastará a la pareja.

Es así, como llegamos a esta segunda fase, donde ya se localiza la problemática de la pareja: mala comunicación y no saben manejar sus diferencias. Pero, si en el enamoramiento primaba la idealización: “es una persona llena de virtudes”, ahora prima el síntoma de la decepción: “tiene grandes defectos”. Uno o ambos experimenta esa desazón de “no es todo lo lindo(a) que yo pensaba”. Se hace visible el tumor, pero al no haber grandes molestias aún no buscan ayuda. Pero, empieza a manifestarse los primeros síntomas de fastidio, al no sentirse entendido(a) por una pareja que solo la o lo descalifica. Generalmente, esto se produce en lo que se conoce como la comezón de “la crisis de los siete años” en que se puede experimentar un grado de decepción, que hace peligrar la continuidad de la relación.

El antídoto es la ACEPTACIÓN. Aprender a aceptar al otro(a) como él o ella es y no como yo quisiera que fuere. Pueda abandonar mi intención de cambiarlo; porque el buscar que sea a mi medida, es lo que me lleva a la crítica. Pero, no se trata de aprobar lo que hace, sino de aceptar como es. Puedo desaprobar su Hacer, pero siempre debo aceptar su Ser. Aprenda a distinguir su persona de su conducta. La crítica no lo hace. En vez de decir “me parece que puedes estar en una equivocación” le hace sentir “tu eres una equivocación”. Pero, aceptar es comprender en vez de juzgar; tolerar en lugar de condenar.  Implica aprender a convivir con los defectos y virtudes del cónyuge. La falta de comprensión y tolerancia es lo que enferma más a la relación y lo puede llevar a la siguiente fase.

La Fase III: las AGRESIONES. Es normal tener discrepancias y hasta ciertos conflictos, pero no lo es el agredir al otro(a). En la vida conyugal siempre debe haber espacio a las diferencias, pero nunca debe darse cabida a las agresiones.  Pero, la inhabilidad social que nos caracteriza a muchos, expresada en esa incapacidad de no saber manejar nuestras diferencias como pareja, casi sin darnos cuenta, nos lleva a entrar en una escalada de ataques; haciendo que la agresión empiece a expandirse de peleas por grandes motivos a riñas por pequeñas trivialidades. Empiezan las agresiones, verbales y/o físicas, por ambos lados: ella lo insulta y él la desvaloriza. Se ofenden mutuamente, lo que incrementa la desconexión emocional: ya cada uno anda por su lado, aunque vivan juntos y traten algunos temas necesarios. Se agudiza el cáncer y ya son conscientes que la relación está enferma; así, pasan del síntoma de la decepción a un síntoma de la insatisfacción con la pareja: “no me siento respetado por mi cónyuge”.

En el enamoramiento decían “hablamos el mismo idioma”, pero ahora dicen “no nos entendemos, es como si habláramos diferente idioma” y, por eso, entran en los agravios. Se vuelven crónica las agresiones, llevándolos a experimentar insatisfacción y malestar en la relación. Lo bueno es que se percatan que, el matrimonio ha enfermado y que necesitan ayuda. No todos la pedirán, pero es una fase en que se puede revertir la expansión del tumor. El tratamiento radica en aprender nuevas habilidades sociales de comunicación, no es para que ya no peleen, sino para que lo hagan sin agredirse y encontrando formas para corregirse mutuamente.

El antídoto es el respeto. Significa que puedo discrepar con mi pareja, pero nunca la debo agraviar. El respeto es no ofender ni invalidar la posición del otro(a). El hecho que yo piense de una manera distinta, no significa que el otro(a) esté equivocado, solo revela que piensa de otra manera y eso no me da derecho de agredirlo. Tal vez, puedo atacar sus ideas, pero nunca debo atacar su persona. Respetar implica saber que el otro(a) tiene dignidad y que nadie la puede pisotear. Puedo discutir, pero sin agredir. Eso es respetar, cuando ello no sucede se avanza a la siguiente fase del cáncer conyugal.

La Fase IV: el RESENTIMIENTO. Se llega a esta fase, porque las criticas suben de tono y empiezan a herirse mutuamente. El cáncer conyugal avanza, porque ya no solo se ofenden, sino que también se hieren; y, al no saberse perdonar, se resienten. Aparece, así, el tumor del rencor, produciendo una metástasis de rabia que, empezará a corroer los diferentes ámbitos de la relación conyugal. Al no parar las agresiones, no sabiendo perdonar ni reparar las ofensas, la pareja empieza a acumular rabia uno contra el otro; la cual, con el tiempo se convertirá en rencor. Ahora ya no pelean por las diferencias que mantienen, sino por la ira reprimida que los gobierna. No discuten ya por las contrariedades que tienen, sino por la necesidad de herir al otro, de la misma manera que se sintió herido(a) por él o ella. Se convierten en gasolinas andando, buscando cualquier chispa de pretexto para encenderse y agraviar.

Es una etapa en la que se producen los conflictos de segundo orden (Selvini, 1988), en que los motivos por los que pelean en el presente son irrelevantes, porque se han convertido en meros pretextos para dañar al otro y cobrarle agravios pasados, los genuinos motivos de primer orden. Así, podemos comprobar que el resentimiento está haciendo metástasis en toda la relación de pareja, cuando empiezan a pelear y agredirse por aparentes nimiedades: dejar el plato sucio en cualquier lugar, la ropa tirada, cosas fuera de lugar, etc, que en otras circunstancias podrían ser motivos de discusión, aunque sin agresión, pero que en el caso del cáncer del rencor se constituyen en excusas para descargar toda la furia que se tiene contra el otro y agredirle despiadadamente. No riñen, exactamente, porque él deja tirado su ropa, eso es sólo la chispa que necesitaba para hacer explotar toda la rabia acumulada del pasado. Ahora se ha escalado a un rencor, expresado en síntomas de irritación contra la pareja.

Si el rencor es muy alto, producto de un ego muy grande, se ingresa a una fase crítica en que el rencor profundiza la metástasis y ya casi no se tiene control sobre él. Peor aún, si se arrastra rencor contra algún progenitor, se potenciará mucho más el rencor contra el cónyuge. Muchas veces no son muy conscientes que se encuentran dominados por esa rabia interna y concentran toda su energía en sólo atacar y hacerle la vida imposible al otro. Ya no se soportan y lo único que les importa no es separarse o reiniciar su vida por otro lado, sino que toda su energía lo vuelquen en castigar y dañar al otro. El rencor inconsciente los puede llevar a sentimientos de venganza de uno hacia el otro. Así, no queda ya ni rastro del cielo inicial, sumidos ahora en una relación infernal.

El antídoto es el perdón

Reconocer el cáncer terminal por el que atraviesa la relación conyugal, es el primer paso para sanar. Necesitan entrar a cuidados intensivos, pero muy pocos lo harán. Siempre se pueden curar, pero la mayoría no tiene ni la voluntad ni las fuerzas para intentarlo. Les será difícil salir de ese infierno, ya sea que sigan juntos o estén separados, porque el amor que antes los unía lo han convertido en el odio que hoy los atormenta. Así, se seguirán hiriendo en una escalada simétrica, haciendo que la metástasis del rencor se expanda mucho más; pudiendo llevar a la relación a un estado crítico terminal que, los convierta en una pareja desahuciada y ad-portas de su defunción como tal.

No hay universidad ni academia que nos enseñen a ser buenos esposos y padres; y, así, nos ahorremos tantos estragos en nuestra vida. Tal vez, su relación no esté en una situación grave, pero no debe esperar a estarlo, para recién buscar ayuda; así como debemos hacernos chequeos médicos preventivos en nuestra salud corporal, y no sólo ir al médico cuando estemos enfermos, también la pareja debería hacerse chequeos psicológicos de su salud conyugal, cada cierto tiempo, y no sólo buscar ayuda cuando ya están mal. Hasta un carro necesita recibir su mantenimiento cada cierto kilometraje, cuanto más un matrimonio que de tanto recorrer se desgasta.

No debemos permitir que el tumor avance y dejar que aparezcan los síntomas de apatía, decepción, insatisfacción y llegar hasta la irritación. Se debe detectar a tiempo dichos síntomas antes que la pareja sea desahuciada. Pero, si no hubo una buena prevención, siempre hay la posibilidad de hacer una buena restauración. No hay ninguna patología ni ningún matrimonio con cáncer terminal que no se pueda recuperar. Potenciar la voluntad y debilitar el ego, sumados a una buena disposición, son necesarios. La verdadera cura comienza con la Terapia del Perdón, la cual funciona como la mejor quimioterapia que puede impedir que un matrimonio desahuciado muera. Las investigaciones revelan que el factor perdón es uno de los más grandes signos de salud conyugal (Gottman, 1999). Por lo tanto, el perdón es uno de los ingredientes claves para lograr la RECONEXION EMOCIONAL de la pareja y vencer a todo cáncer terminal de la conyugalidad. El perdón es todo un tema vital en las relaciones humanas que será necesario que lo abordemos en un próximo artículo.

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