TRES ANTICLAVES PARA PERDER LA CONFIANZA CON LOS HIJOS ADOLESCENTES

El Síndrome Parental del Triángulo de las Bermudas que desconectan a los padres con sus hijos

Por JOSÉ BALDEÓN
Psicoterapeuta Familiar & Pareja

¿Por qué hay personas que tan fácilmente se hunden frente a la adversidad mientras que otras salen fortalecidas, convertidas en mejores personas tras ella?. La diferencia no se encuentra en las circunstancias que viven, sino en la actitud o narrativa que asumen frente a ella. Desde esa perspectiva, podemos hablar de dos tipos de personas: las vulnerables y las resilientes. Las primeras son las que se dejan aplastar por el infortunio y las segundas son las que lo vencen y salen transformados para bien.

 

La palabra resiliencia viene de la física y hace referencia a la capacidad de cualquier material para recuperar su forma inicial, después que hubo una fuerza que la deformó. La psicología lo define como la capacidad que tiene una persona de superar traumas sufridos. Boris Cyrulnik, uno de mis autores favoritos, fue quien más divulgó la resiliencia y su propia vida es una prueba de ello. Sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi, del que logró huir cuando apenas tenía seis años. Luego de la guerra, anduvo de un refugio en otro hasta terminar en un orfelinato de beneficencia. Unos vecinos le enseñaron el amor por la vida y la literatura, y más tarde decidió ser médico y estudiar los mecanismos de supervivencia. Hoy es psiquiatra, neurólogo, escritor, psicoanalista y especialista en resiliencia. Enseña que “la resiliencia es un antidestino… Es un trabajo, no es fácil, pero es un espacio de libertad interior que hace posible que uno no se someta a su herida”.

En mis propias palabras defino a la resiliencia como la capacidad de Resistir y Crecer en medio de la adversidad. Es resiliente una persona que posee resistencia para no quebrarse frente a las crisis y puede usar a ella como plataforma para crecer como persona. La adversidad lejos de hacerlo peor individuo, lo hace un mejor ser humano. En el crisol de ella puede salir transformado para bien. Nelson Mandela es un claro ejemplo de resiliencia que, con 27 años preso en condiciones infrahumanas, demostró que el infortunio puede convertirme en un monstruo, que destruye todo a su paso (incluido a mí) o transformarme en un ángel de bendición para mi entorno; como lo fue Mandela para su nación.

No es la adversidad ni la maldad de los demás lo que me daña, es lo que yo hago con ella lo que puede hacerlo. “Yo soy lo que hago, con lo que hicieron de mí” decía Sartre. Es mi elección llenarme de amargura y odio, o llenarme de perdón y amor frente a lo que me hicieron o me tocó vivir. Muchas veces la bendición de ser mejor persona se encuentra enmascarada en los grandes golpes de la vida. Porque “Yo no soy lo que me sucedió, yo soy lo que elegí ser” enseñaba Carl Jung. Frente a la adversidad puedo elegir entre una narrativa victimizadora, llenándome de quejas y amarguras, o una narrativa responsabilizadora, haciéndome cargo de mi dolor. Puedo usar la adversidad para hundirme en el abismo de la frustración o para escalar a la cima del crecimiento.

 

Las crisis sirven para enfrentarme con los demonios internos que me consumen, pero son también la gran oportunidad de despertar al ángel que hay en mí, sanando y madurando como persona. Eso es ser resiliente. No elegir el camino de la victimización, convirtiéndome en una persona vulnerable, sino tomar el sendero de la responsabilidad, activando la resiliencia. No nacemos con ella, pero podemos aprender a desarrollarla. Empieza con una firme decisión, se acompaña con una buena actitud y se potencia con una narrativa constructiva que se asume frente a los reveses de la vida.

José Baldeón Valdivia

Psicoterapeuta Familiar

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