TRES CLAVES PARA GANAR LA CONFIANZA CON LOS HIJOS ADOLESCENTES

Por JOSÉ BALDEÓN
Psicoterapeuta Familiar & Pareja

En un artículo anterior, que se complementa con éste, hablamos del Síndrome del Triángulo de las Bermudas en las relaciones parento-filiales; con el cual hacíamos referencia a que hay tres actitudes, típicas de muchos padres, que hacen naufragar toda relación sana de confianza que deberían mantener con sus hijos adolescentes. Son la triple C tóxica que abren grietas en la barca de la confianza de los hijos hundiéndolo en un mar de desconfianza con sus padres. Están referida a las tres cosas que más aborrecen los jóvenes: el Control, la Crítica y la Comparación; vínculos insanos de desamor que llevan al desencuentro emocional entre padres e hijos.

La autoridad de los padres decrece y la desconfianza de los hijos crece cuando se ingresa a ese funesto mar territorial de actitudes negativas, que desata una tormenta relacional entre padres e hijos, haciendo que la embarcación de la confianza se tambalee. No obstante, los padres pueden lograr atravesar dicha tempestad con éxito si aplican tres nuevas actitudes relacionales, opuestas a las anteriores, que les permitan salir del Triángulo de las Bermudas. Ellas son el Responsabilizarlo, Validarlo y Elogiarlo; a través de ellas los hijos se sienten reconocidos y valorados, al percibirse tratados como personas valiosas, repercutiendo en un mayor acercamiento emocional con sus padres. Dichos vínculos sanos de amor son la clave relacional perfecta para ganar la confianza de los hijos, mientras que sus opuestos -el control, la crítica y la comparación- es la forma fatal de perderla. La desconfianza crea un abismo de desconexión emocional entre padres e hijos, preparando el terreno para conductas disfuncionales en ellos; mientras que la confianza ganada tiende puentes a una profunda conexión emocional parento-filial que inmuniza a los hijos contra todo tipo de trastorno psíquico.

A la actitud parental de Controlar hay que reemplazarla con el Responsabilizar. En el adolescente controlarlo significa ejercer dominio sobre su persona, mientras que responsabilizarlo es enseñarle a que aprenda a hacerse cargo de su propia vida. Ello implica que el adolescente empiece a aprender paulatinamente a hacerse cargo de sus decisiones y sus actos; tomando conciencia que siempre hay consecuencias, positivas o negativas, de lo que decide y hace. El control es un obstáculo en su proceso de madurez, porque impide el desarrollo de su autonomía. Los padres tenemos que entender que, no podemos seguir tratándolos como niños cuando ya crecieron y son adolescentes. En esta etapa ellos tienen que empezar, paulatinamente, a hacerse cargo de sus vidas, en pequeñas parcelas aún, pero es el tiempo de aprender a tomar ciertas decisiones y hacerse responsable de ellas. Los padres no pueden ni deben decidir todo por sus hijos adolescentes, tenemos que darles ciertos márgenes de decisión y que se hagan responsable de ellos, porque esa es la manera en que les enseñamos a ser autónomos y caminar con sus propios pies en este mundo.

El control es un vínculo insano de desamor, ya sea en su versión sobreprotección o sobre-exigencia, que interrumpe el proceso de adquisición de autonomía, dañando la identidad de nuestros hijos; pudiendo volverlos exageradamente sumisos o descaradamente rebeldes. Eso es lo que produce el control. No estamos diciendo que tengamos que renunciar a ejercer todo tipo de control en la vida de nuestros hijos; a lo que nos referimos es que no debemos caer en una vigilancia extrema que recorte su libertad. Controlar es una forma de desamar, pero su opuesto, es el Responsabilizar; un vínculo sano de amor, con el cual un adolescente empieza, poco a poco, a hacerse cargo de su existencia. El responsabilizarlo contiene dos demandas explicitas: negociar y disciplinar. No hay que imponerles nada, aunque tampoco implica concederle todo. Es encontrar un punto medio a través de la negociación. Implica saber escuchar al adolescente: lo que piensa, siente y quiere, brindándole apertura para negociar con él o ella algunas normas, acuerdos, salidas, etc, dejando que el joven también empiece a participar de algunas decisiones que tienen que ver con su vida; es la forma en que empieza a aprender a responsabilizarse por ella.

El sólo hecho de abrir una negociación es una actitud profunda de respeto al adolescente, que lo hace sentirse valorado y también lo lleva a valorar a su padre. Aun lo que tengamos que negarles tiene que ser hecho con respeto y con argumentos explícitos. No con gritos, ni exigencias ni imposiciones. Evidentemente, hay temas centrales que no se negocian, siendo los padres quienes deciden, aunque deben hacerlo todo con mucho respeto; pero, empezando también a brindar ciertos espacios de negociación y decisión a sus hijos adolescentes. Eso es amarlos, sin controlarlos, fomentando que sean responsables.

El otro componente del responsabilizar es disciplinar. Después de negociar un acuerdo, yo como padre debo estar preparado para que mi hijo(a) adolescente no lo cumpla, la mayoría de las veces; y si las cumple todas, algo no está bien en su desarrollo. El adolescente es transgresivo por naturaleza, no aprende las normas sin disciplina. Por ello cuando se ha negociado un acuerdo, se tiene que también negociar la sanción por violarla. Acordada ambas cosas, la normas y las sanciones, debo estar preparado a que mi hijo no cumpla las reglas, y sin gritos ni molestias, yo como padre, aplicaré la disciplina. Esa es la manera en que el adolescente aprende que sus decisiones y actos tienen sus consecuencias. Así, no hubo nada de control, pero sí mucho de responsabilizar. Es la forma en que aprende a madurar y convertirse en un ciudadano de bien.

A la actitud de Criticar hay que reemplazarla con Validar. La primera es un vínculo insano de desamor, expresado en la descalificación del adolescente por su conducta errónea; algo que, lejos de menguar su rebeldía, la alimenta más. La crítica sana debería ser hecha siempre desde la razón, porque la insana es casi siempre hecha desde la emoción de la ira; es la que ataca a la persona juntamente con su defecto, provocando el efecto contrario de lo que se busca. Así, la crítica, lejos de menguar la rebeldía del joven la incrementará aún más, engendrando amargura y resentimiento en su corazón. En cambio, el validar está asociado a un vínculo sano de amor llamado Aceptación. El adolescente no tiene que sentirse descalificado por sus padres, sino aceptado por ellos. Se puede desaprobar su conducta, pero nunca descalificar su persona. Se tiene que aprender que el amar es aceptar el Ser de mi hijo, aunque no necesariamente apruebe su Hacer. El hecho es que, siempre valoraré su persona, aunque a veces tenga que corregir su conducta. En toda disciplina voy a reprender sus acciones erróneas, pero teniendo cuidado de dejar intacta su dignidad.

Es cierto, que durante la adolescencia los hijos nos dan un y mil motivos para criticarlos, pero unos padres sabios no se desesperarán, sino que echando mano de mucha paciencia e inteligencia emocional harán el esfuerzo de comprenderlos y respetarlos. Entenderán que una persona que se siente criticada tiende a ser más o peor de lo mismo; pero si se siente aceptada, a pesar de su mala conducta, algo se despierta en su ser interior que lo impulsa a cambiar para bien. Son padres emocionalmente inteligentes que, detrás de la conducta rebelde de sus hijos adolescentes, son capaces de escuchar el grito desesperado de ellos: «quiéreme cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito». Eso es lo que piden, ser amados a través de la aceptación y cuando lo encuentran en sus padres, son hijos que pueden desarrollarse con una autoestima saludable.

Un padre sabio tendrá la capacidad de discernir entre el Ser y el Hacer de su hijo. Le puede reclamar por su conducta de flojera, pero nunca gritarle y etiquetarlo como un flojo. No debe pegarle ni insultarle, reactivamente, por sus malas conductas. Eso sería un atentado contra el Ser de su identidad. Por lo tanto, lo que debemos hacer siempre es validar dignamente lo que piensa, siente y quiere nuestro hijo, pero no necesariamente significa que tengamos que hacer todo lo que nos pide o estar de acuerdo con todo lo que hace. Validar no es aprobar, es aceptar, sin dejar de empatizar; significa que respeto sus deseos y opiniones, entendiendo que son importantes para él, intentando ponerme en su lugar. Aprender a comunicarnos con ellos haciendo uso de la empatía, identificándonos con lo que ellos sienten, es tender puentes que consoliden una relación sana con nuestros vástagos. Por eso, no sea necio en invalidarlos, aunque pueda no estar de acuerdo con sus pensares y sentires, aprenda a discrepar y corregir respetuosamente. 

Dicha actitud parental de aceptación incondicional a la persona de su hijo, aunque se discrepe con su conducta, lo hace sentir valioso e importante; teniendo el poder mágico de poder despertar en el joven un compromiso de portarse bien, delante de quien lo acepto y trató respetuosamente. El adolescente se siente como obligado, moralmente, a ser mejor de lo que es, haciendo que la autoridad de su padre o madre se fortalezca y crezca mucho más delante de él; porque cuando alguien nos hace sentir importantes, indudablemente, ese alguien se convierte en importante para mí, llegando a reconocerlo como una autoridad real.

A la actitud de Comparar hay que reemplazarla con Elogiar. Este es el otro gran factor que nos ayuda para ganar la confianza de nuestros hijos. Ellos durante la adolescencia tienden a ser reactivos emocionalmente, porque aún no saben bien gobernarse por la razón, siendo impulsivos y temerarios. Todo eso también exaspera nuestras emociones como padres, haciéndonos perder la paciencia. Muchos no entienden bien esa etapa de sus hijos y les exigen, ingenuamente, que se comporten como personas maduras, cuando aún no lo son; y por eso los critican o los comparan con otros deteriorando la relación parento-filial. Pero unos padres sabios y con inteligencia emocional no se quedarán mirando los defectos e inmadureces de sus hijos para reprochárselos o compararlos con otros, sino que prestaran atención a sus virtudes, hasta exageraran un poco, para destacárselos. El reproche solo genera rebeldía y la comparación resentimiento, pero los elogios impelen a un cambio positivo.

El adolescente, de por sí, ya vive comparándose con otros, como para que venga su progenitor y también lo compare con alguien. Lo que ahora necesita, no es que lo golpeen con las comparaciones, sino que lo acaricien con los elogios, sinceros y reales. El propio joven se tiene a sí mismo como su peor crítico, pudiendo ser la comparación insana una descalificación encubierta, además de ser un rechazo explícito. Ambos afectarán negativamente su autoestima; pero se la nutrimos cuando los hacemos sentirse no solo aceptado, sino también elogiado. Por lo tanto, nunca debemos comparar, sino que siempre debemos motivar; y el elogio es un buen instrumento para ello. Los padres inteligentes siempre encontrarán motivos para elogiar a sus hijos, aun en medio de sus malas conductas, sin dejar de disciplinarlos sanamente cuando lo requieran. Los elogios son caricias al alma que fortalecen su autoestima, además de ser un factor que produce mucha conexión emocional y confianza entre el que lo brinda y lo recibe.

El rechazo es un vínculo insano de desamor con el que los padres pueden actuar. Se expresa, principalmente, siendo ausentes en la vida de los hijos, como también comparándolos con otros, porque es una forma de decirles que esos otros son mejores que él. Pero, el opuesto al rechazo es el vínculo sano de amor llamado Caricias; el cual se expresa, no solo en actos físicos como un abrazo, sino también en gestos psicológicos, como un elogio. A todos nos es más fácil criticar que comprender y podemos fácilmente rechazar, pero nos cuesta mucho poder elogiar. Es cierto que, un adolescente nos da más motivos para criticarlo y rechazarlo antes que para comprenderlo y elogiarlo. Pero es ahí, donde se probará el temple, la sabiduría y el amor genuino de los padres hacia sus hijos; porque el amar es un aprendizaje que demanda esfuerzo y acciones. La sabiduría del amor estará en encontrar motivos sinceros para elogiarlos, en medio de sus conductas erróneas que nos provocan criticarlos. Pero, como ellos ya no se dejan acariciar físicamente, tenemos que aprender a brindarles caricias psicológicas, las cuales se expresan en elogios.

Responsabilizarlo, Aceptarlo y Elogiarlo son las tres grandes claves para que como padres podamos ganarnos la confianza de nuestros hijos adolescentes. Durante la niñez, no tuvimos que hacer casi nada para gozar del 100% de la confianza de ellos; pero durante la adolescencia las cosas cambian y tenemos que demostrar que somos merecedores de esa confianza y ganárnosla con sabiduría. La trilogía de amor parental, antes mencionada, es lo que más esperan los adolescentes de sus padres y es la fórmula relacional vital para ganarse la confianza de aquellos. Son las claves más importantes para lograr una profunda conexión emocional con nuestros hijos adolescentes. Por el contrario, el control, la crítica y la comparación –la triple C relacional tóxica- es el cóctel perfecto para embriagar de desconfianza a los hijos, llevándolos a una desconexión emocional con sus padres, volviéndolos vulnerables a desarrollar síntomas o conductas insanas. Por eso, nunca pierda la conexión emocional con nuestros hijos; ella siempre actuará como una verdadera muralla de protección que los librará no sólo de malos caminos, sino también de problemas psicológicos.

José Baldeón Valdivia

 Psicoterapeuta Familiar

Nota: el presente artículo reúne algunas ideas básicas del libro SIETE PRINCIPIOS PARA GANAR AUTORIDAD FRENTE A LOS HIJOS del mismo autor.

https://josebaldeon.com/producto/7-principios-para-ganar-autoridad-frente-a-los-hijos/

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